En un experimento clásico realizado en 1959, psicólogos desarrollaron un modelo con diferentes niveles de deshonestidad, en el que se intentó comprobar hasta qué punto una persona ignorará su propia experiencia, incluso hasta convencer a otro de algo que no es cierto. Es lo que se llama “disonancia cognitiva”. Y aunque suene horrible, nuestra mente es más sana y funciona mejor cuanto más fácilmente sepamos mentirnos a nosotros mismos sobre cuestiones espinosas.

 

Y no es para menos, ante tanta realidad abrupta, discrepante y tediosa a veces es mejor cerrar los ojos y excusarnos con un mundo mejor, plagado de fantasías y expectativas propias, porque no es por casualidad aquello de que en ocasiones “la sinceridad duele” o  de no ser así (agrego yo) convierte las cosas  menos interesantes.

Si de algo sirven los sueños y las utopías (a parte de caminar) son para caer en cuenta que aún no estamos bien, que hacen falta cambios, que la cúspide aún está muy lejos, que la perfección aún no se conoce ¡Que aún nos falta SOÑAR!

Mentirnos

(a veces y en pequeñas dosis)

es esa palmadita que

necesitamos en la espalda

“Soy más bien alguien triste y pesimista, bueno, creo que ya de niño lo era, y no estoy diciendo que esto empeore con la edad, pero la vida es como una pesadilla, y el único modo de afrontarla es mentirnos a nosotros mismos. No lo digo yo, ya lo dijeron Nietschze y Freud: hay que vivir en la ilusión, si no, esto es insoportable”. Más tristeza disfrazada, más melancolía teñida de cachondeo”

Woody Allen

Para despedirme acá les dejo una escena de Big Fish que sintetiza en todo su significado lo que les he querido decir.

La realidad a veces es eso que

queremos creer


Links de interés

Mentir hace bien

¿Por qué mentirnos a nosotros mismos?

Mentirosa compulsiva

 

Nohemí Ramírez

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