Nacer, vivir, morir… todo parece tan fácil, sin embargo, la vida en su propia simplicidad tras un ciclo que siempre termina es tan complejo, ineludible y cómo no enigmático.

Desde que nacemos nos enfrentamos a un mundo del todo confuso, un mundo que nos obliga a decidir entre “el bien y el mal”, (el mal que hace bien y el bien que es el mero abuso del mal) desprendiéndonos de cualquier tipo de inocencia, de cualquier vulnerabilidad que fuera de las razones morales o culturales las rebaza el instinto carnal, la necesidad de sobrevivir, la conocida y trillada “selección natural” que en cualquier ámbito siempre nos acompaña, en el hogar, en la escuela, en la universidad, en el trabajo…

Estamos diseñados para una competencia interminable, nuestra propia fecundación es una competencia, el sólo hecho de existir nos enmarca en una carrera permanente por ser siempre el mejor, el más astuto, el más ágil, ¡el sobreviviente! De allí a que lo carnal pueda más que cualquier otra pendejada que se le enseñe al ser humano, y que de eso dependa las situaciones en la que el hombre se desenvuelva a lo largo de su vida.

Porque más allá de cualquier banalidad, una situación alarmante puede cambiarlo todo, ya sea planeada o simplemente accidental, todos somos capaces de delinquir, delinquir en ciertos grados, pero delinquir al fin y al cabo; y cruzada ya esa línea no hay vuelta atrás. O acaso el hombre y la mujer que delinque pueden ser integrados nuevamente en la sociedad ¿Quién asegura que el hombre que mató no lo hará otra vez?, o que la mujer que violó, estafó, o traficó no pensará en hacerlo nuevamente. ¿Quién determina lo justo de lo malvado? ¿Qué castigo merece haber cruzado esta línea?

          El Estado.

Ojo por ojo, diente por diente

El sistema penitenciario como bien se conoce, es el encargado de “rehabilitar”  a estas personas, pero ¿se rehabilitan? ¿Puede un reo luego de cumplir su sentencia integrarse a la sociedad? ¿Es el castigo, el encierro, el aislamiento la solución?  En el caso de Latinoamérica cientos de cárceles son abarrotadas diariamente de nuevos delincuentes, delincuentes peligrosos, delincuentes accidentales, delincuentes inocentes… incluso ahora mismo alguien debe estar siendo ingresado en un retén, quizá por haber matado a 20 personas fríamente o quizá por el simple robo de comida. Todos ellos entregados a una sentencia que le privará de sol, la luna, la lluvia, de las calles, de las estrellas; dándole la bienvenida a un lugar en el que lejos de rehabilitarse los enfrenta con paredes, paredes de miedo, de impunidad, de ilegalidad, es decir, con lo más parecido al infierno.

Más allá de los delitos, cualquier cárcel no reforma ni reformará a una persona. ¿Mientras?, Seguirán bajo el mismo cielo, aislados hasta que el recuerdo los entierre en el olvido y sólo se conviertan en cifras con números de una noticia más de sucesos con personajes anónimos.

Pero…¿Quiénes son los

delincuentes? 

¿Cuál es su pasado?

¿Por qué cometió el crimen o delito?

Cualquier persona, ahora mismo sería capaz de cometer el peor delito que jamás se le hubiese ocurrido.

“Existen muchos modos de matar a una persona y escapar sin culpa: es fácil deslizar una seta venenosa entre un plato de inofensivos hongos. Con los ancianos y los niños, fingir una confusión con los medicamentos no ofrece problemas. Se puede conseguir un coche y, tras atropellar a la víctima, darse a la fuga. Si se cuenta con tiempo y crueldad, es posible seducirla con engaños, asesinarla mediante puñal o bala en un lugar tranquilo, y deshacerse luego del cadáver. Cuando no se desean manchas en las manos propias, no hay más que salir a la calle y sobornar a alguien con menos escrúpulos y menos dinero.

Existen sofisticados métodos químicos, brujería, envenenamientos progresivos, palizas por sorpresa o falsos atracos que finalizan en tragedias. Existe también una forma antigua y sencilla: la expulsión de la persona odiada de la comunidad, el olvido de su nombre. Durante algún tiempo el recuerdo aún perdura, pero los días pasan y dejan una capa de polvo que ya no se levanta. Todo el pueblo se esfuerza en dejar atrás lo sucedido con los puños apretados y la voluntad decidida, y poco a poco, el nombre se pierde, los hechos se falsean y se alejan, hasta que, definitivamente, llega el olvido. Llega la muerte. Es fácil. Una vez habituados a él, el olvido resulta sencillo. La mente, que flaquea con la edad, ayuda a enterrar el pasado. A veces las puertas se abren y surgen los antiguos fantasmas. Otras, la mayoría, permanecen cerradas, y los muertos no regresan de la muerte, ni del olvido.

 Melocotones Helados/ Espido Freire

Links de interés

Capadocia

¿Es la cárcel solución para la delincuencia? por Lucía Dammert y Javiera Díaz.


Anuncios